El doble femicida «Chirete» Herrera volvió a la cárcel de Villa Las Rosas

Que uno de tantos internos que tienen las superpobladas cárceles de Salta sea trasladado de un penal a otro no le debería mover un pelo a nadie, o a casi nadie. Sin embargo, si el protagonista es un hombre que en 11 años asesinó salvajemente a mujeres que eran sus parejas, ambas en el interior de una celda, el hecho reviste una trascendencia mayor. Hace aproximadamente más de 48 horas Gabriel Herrera, más conocido como «Chirete», volvió al penal de Villa Las Rosas, desde donde hace cuatro años fue removido porque era carne de cañón para más de uno.

Fuentes cercanas al Servicio Penitenciario consultadas por El Tribuno indicaron que Chirete Herrera fue ubicado en soledad, dentro de una celda aislado del resto de la población carcelaria, en un pabellón provisorio, donde fue alojado por el cuidado que desde Villa Las Rosas tienen que tener en cuanto a la integridad del penado. «Más de uno lo quiere matar, se la tienen jurada, se fue debiendo y le cortó el mambo a varios», señala en la jerga tumbera una fuente desde el interior del penal, donde entre quienes lo esperan para cobrarse «un vuelto» están familiares de su última víctima.

A los pocos meses del femicidio de Neri el interno fue trasladado al norte provincial, donde pasó por los pabellones de Tartagal y Orán. Escenarios que Herrera nunca quiso pisar y en más de una oportunidad intentó quitarse la vida a modo de reclamo para pedir el regreso a Salta capital. Al parecer desde las unidades penitenciarias por donde anduvo prefieren evitar complicaciones y no tener a tipos como Chirete. En ese sentido, el sujeto terminó ganando la pulseada y volvió a Villa Las Rosas.

Los argumentos que habría esgrimido el doble femicida para motivar su regreso a esta capital tienen a su familia en medio de sus fundamentos. En ese sentido, y dejando de lado por unos segundos las peligrosas acciones que tuvo el interno en las cárceles del interior, se trataría de una «aceptación familiar» lo que motivó su incipiente traslado. «Se acercan las fiestas y este tipo tiene a toda su familia aquí, en Salta capital», apuntó la fuente.

Tener a familiares y amigos que puedan visitar a un interno es una ventaja no menor a la hora de recibir el llamado «bagayo», se trata de las provisiones alimenticias -mercadería- que les acercan a los internos los días de visita. En el norte a Chirete le llegaba comida, «pero no tanta».

Los femicidios

El 5 de enero de 2017, algunos minutos después de las 14, en el interior de la celda 372 del pabellón «E» en la tercera planta del penal de Villa Las Rosas, Gabriel «Chirete» Herrera asesinó de manera brutal a su pareja, Andrea Neri, de 22 años.

La joven había asistido junto a su bebé de dos meses -hijo de ambos- el día de las visitas íntimas. «La maté por celos. No quería matarla, los celos me jugaron una mala pasada», sentenció el asesino en aquel momento. Fue el segundo femicidio perpetrado por el interno, en 2006 había asesinado a Verónica Castro, madre de dos hijos, en el interior de una celda en Metán.

En la celda, Andrea y Gabriel estaban solos, los guardias, por normativa, a unos 100 metros de distancia. Al cabo de un tiempo relativamente corto el hombre, de 43 años actualmente, salió con su hijo en brazos, se lo entregó a los guardias y les comunicó sobre el femicidio. En su poder tenía una gubia -herramienta para tallar madera- con la que asesinó a Neri tras herirla en el cuello.

El 26 de marzo el diario El Tribuno publicaba la crónica donde Gabriel «Chirete» Herrera confesaba haber asesinado a Verónica Castro «por amor». El doble femicida dijo ante el juez, Mario Teseyra, que la asesinó «porque la amaba, me pidió el divorcio y no soporté la idea de que se fuese con otro».

Herrera está ahora en una celda de unos 2×3 metros, un baño, minipatio y televisor. En Villa Las Rosas también cumplen condena su hijo y un hermano, a quien apodan “Herrumbre”. En ese mismo lugar conoció a Andrea Neri, gracias a un tío que la joven visitaba.    

Al igual que con el segundo crimen perpetrado contra su pareja, en esta oportunidad el interno salió de la celda y se dirigió hacia donde estaba la madre de la víctima. «Ahí está su hija doña, la acabo de matar», apuntó, al mismo tiempo que declaró que antes de que llegara su esposa había tomado Rivotril, según el condenado a perpetua, fue la primera de sus víctimas quien se la había llevado al penal. Dijo que Verónica había ingresado al lugar con las pastillas en su vagina.

¿Qué cambió?

«Nada». Fuentes vinculadas a la unidad carcelaria consultadas por este medio señalaron que el sistema de visitas íntimas sigue siendo tan riesgoso como antes. Hasta el momento no existe una disposición judicial que les permita a los guardiacárceles estar cerca de la celda donde un interno y su visita comparten un momento de intimidad. «En el caso de Andrea Neri la distancia que había entre el celador -guardia- y la celda de visitas íntima era de 100 metros. A eso sumale la música, que por lo general suelen poner, y algún que otro ruido, es imposible darse cuenta de lo que está pasando ahí adentro», expresó la fuente.

«No hay preocupación por saber cómo se trabaja adentro de un penal, no hay respaldo para el personal en este tipo de situaciones y de esa manera los trabajadores son blanco de denuncias, los internos tienen más derechos que quienes trabajan allí adentro», contó un funcionario del penal, y recordó un hecho en el que una mujer embarazada recibió una golpiza por parte de un reo en su visita íntima, «el guardia se metió para resguardar la integridad de la mujer y ella se enojó y amenazó con denunciar.